Tengo un Sueño y un 4º piso con Terraza. Por Silvia Pérez Arroyo.

De hoy no pasa que me tiro por el balcón. El plan es perfecto. Ángeles acaba el turno a las 7, pero tiene reunión del Consejo de Enfermeras, así que no estará en casa hasta las 10. Cuando llegue se encontrará la cena hecha y a un marido aplastado contra el rosal del patio interior. No querría ser tachado de vanidoso en mis últimos momentos de vida, pero es indiscutible que las habitas con jamón me quedan primorosas. Y sé que a Ángeles le encantan. Es mi último detalle con ella. Cuando llegue, me buscará en la cocina atraída desde el vestíbulo por el olor del sofrito. Luego irá a mi sitio favorito de la casa, que es la terraza, y al mirar para abajo se encontrará con el espectáculo de su pobre marido espachurrado. Supongo que será ella la primera en encontrarme, pues ninguno de los vecinos del bloque vuelve hasta finales de agosto. Lo tengo estudiado al detalle: debo dejar abierta del todo la cristalera del salón que da a la terraza (recalco lo de “del todo” por las consecuencias que mi nariz ha sufrido cuando no he ejecutado correctamente dicha acción). De ahí, tengo que colocarme en la puerta del salón y mirar fijamente la distancia que me separa de la barandilla de la terraza. Son cuatro metros que, según los cálculos (propios, claro, no hay mucha bibliografía sobre la materia), le van a dar más potencia a mi salto y harán más certera la caída. Para ello el salón debe estar bien despejado (ayer, durante el ensayo general, me di en el dedo meñique con la pata del sillón orejero y los gritos fueron tales que Manuel, el conserje, subió temiendo una tragedia doméstica). Por supuesto, el momento más difícil es el que yo he bautizado como “salto Galkina”, en honor a la atleta rusa que pulverizó el record de 3.000 metros con obstáculos en el Mundial del año pasado. Desde el principio sabía que quería hacerlo bien, con agilidad, dotando a la secuencia de mi muerte de un aire casi apolíneo. Por eso voy a imitar el salto del potro. Pero no el de toda la vida, el de abrir las piernas y que sea lo que Dios quiera. Ése es el fácil y yo voy a por nota. Mi objetivo es el salto interior: piernas juntas, rodillas al pecho y brazos en cruz. He estado un mes practicando en el pabellón del polideportivo municipal con tres chicas muy agradables y orondas del Colegio Miguel Delibes, a las que les ha quedado gimnasia para septiembre. Creo que están en 7º.

Voy a la cocina y pongo la mesa. Cojo un papel y escribo:

Querida Ángeles: llevo toda la vida posponiendo sueños en favor de la demanda ordinaria de los días. Renuncié a algunos por ti, pero valió la pena, porque hemos sido muy felices estos 21 años. Ya sólo me queda uno al que pueda acceder. Estoy a punto de cumplirlo. Respeta que es mi deseo, querida, y no sufras. Tienes la cena en el horno. Tuyo para siempre: Ignacio.

En la habitación me desvisto y me pongo un chándal comprado ex profeso para la ocasión. Me lavo los dientes. Me peino, calva incluida. Me miro en el espejo y sonrío satisfecho. Estoy en el quicio de la puerta del salón. Estiro cuádriceps, gemelos y cabeza. Huelo las habas. Espero que consuelen el paladar de mi mujer cuando esta noche cene sola.

Publicado en Destacados, Hotel Kafka, máster en escritura creativa | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Trehuaco. Por Francisco J. Moreno.

Al fin había terminado mi gran novela. Era enorme. Estaba radiante y orgullosa de ella, hasta que una amiga me confirmó lo que temía.

– ¿Estás segura de que vas a publicar esto, Aru?

Claro que no. No podía. Raúl estaba en ella. La historia era demasiado personal. Sabía que aquellos sentimientos eran compartidos y que, de alguna manera, me pertenecían. Pero al publicarla estaba violando también su intimidad. Me habría avergonzado el simple hecho de pensarlo si hubiese sido una carta o un relato, pero me gustaba demasiado la novela. Había también una culpa proporcional si me la quedaba para mí y se la negaba al resto del mundo. Por eso necesitaba segundas y terceras opiniones.

La última fue Laura. Ella es la mujer más inteligente que conozco. Siempre fue una ratita de biblioteca, y eso le vino bien. Fue a buscar el manuscrito y llegó pensativa tocándose las gafas. Se sentó en la mecedora de esparto y uno de sus gatos se le subió encima. Encendió la pipa de marihuana y me ofreció, pero lo rechacé.

– No está mal, tu novela –dijo.

– ¿No te ha gustado? –aquello era casi un alivio.

– Entiéndeme bien, Aru. A mí me parece que cualquier libro de Joyce es intragable y no dice más de lo que diría un ensayo, que Kafka era un niño de mamá llorica y que Proust se enredaba con su propia lengua. Si te digo que no está mal te pongo a la altura de Shakespeare o de cualquiera capaz de sacarle una lágrima a una piedra, y eso significa que lo podrás publicar donde quieras con paciencia y mano derecha. Pero por muy poco de escritora que tengas eso lo tienes que saber, así que estoy esperando a que me hagas una pregunta de verdad.

Tragué saliva y respiré hondo. Ella estaba muy tranquila.

– ¿Crees que debo publicarlo?

Laura dejó la pipa sobre una mesita cercana y la alejó con un dedo.

– No puedo responder a eso. No conozco a Raúl y no sé cómo se lo puede tomar si todo lo que imagino es cierto.

– Raúl es… muy alegre. Me trata muy bien y nunca se cabrea por nada, pero a veces resulta bastante difícil saber lo que está pensando… -Laura me interrumpió con la mano.

– ¡Basta! Me conozco la cantinela. Siempre me dices que es bueno, leal, cariñoso y esas cosas, pero no es suficiente. Hay que conocer muy bien al otro para tomar una decisión así. Sólo puedes hacerlo tú. Sé razonable y habla con él. Como mínimo, dale a leer el manuscrito.

Aquella misma tarde quise tirarlo. Lo sostuve un buen rato sobre el río, luchando por aflojar las manos, pero no podía. Lo siguiente fue sentarme en la sala de espera de un importante editor. Podría encontrar algún seudónimo bonito o publicarlo directamente desde el anonimato. Esas cosas se hacían, y nadie salía perdiendo.

Pasó media hora. Examiné las doce plantas que había en la sala, las paredes blancas, los tres sillones de terciopelo, las abultadas revistas que había sobre la mesa, el reloj de cuco suizo, la fuente de agua, la mesa de cristal y las alas de color dorado que había sobre la puerta de caoba. Una secretaria con aliento a pino me dijo que me recibirían pronto. Le di las gracias, pero recogí el manuscrito y me marché lo más rápido que pude.

Pegué un telefonazo a Clara. “¿Te pasa algo, Aru?”. Quería comer con ella, nada más.  Hacía dos semanas que no la veía y la echaba de menos. Sirvió unas copas y me quitó las penas. Estuvimos bailando hasta las dos de la mañana y rechazando moscardones. Luego salimos a la calle y le dije que me siguiese. Había una papelera doblada junto al río. Le di con el zapato para arrancarla del todo. Se me rompió un tacón y Clara me ayudó a levantarme. Nos llevamos la papelera bajo el puente. Saqué el manuscrito del bolso y lo puse dentro.

Clara se divertía, pero pasaba frío. Se le iluminó la cara cuando saqué unas cerillas. Prendí una y la dejé caer, pero se apagó por el camino. Hice lo mismo, pasó de nuevo. La tercera la volví a meter en la caja y se encendieron todas las demás. Dejé caer la caja y mi manuscrito empezó a arder. Clara reía y reía.

– ¡Ahora somos pordioseras!

Reí yo también.

Tardé un buen rato en volver a casa. Trataba de olvidar lo que había hecho. Incluso me detuve en el umbral para tomar aliento. No quería que Raúl notase nada extraño, aunque sabía que siempre me perdonaba todo. Respiré hondo y giré las llaves. Noté cómo sus delicados pasos llegaban desde la cocina. Movía la cola con energía y me saludó con un corto ladrido, como siempre había hecho. Saltó sobre mí y no pude evitar abrazarle, besarle y acariciar su terso y suave pelaje.

Aquella noche hicimos el amor. Yo estaba algo distante, pero él no pareció darse cuenta. Siempre tan feliz y tan ajeno a todo. Cuando estuvo dormido, me levanté en silencio y traté de sentarme en el portátil. La historia ya no estaba. Era imposible recuperarla. Raúl y yo podíamos dormir tranquilos. Había hecho lo correcto, aunque él nunca lo sabría.

Publicado en Destacados, Hotel Kafka, máster en escritura creativa, relato, revista | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Una Hora Después. Por Ángel Corgo Cabana

Está delante del espejo, contemplándose, sin mirarse a los ojos. Rastrea el pelo con las manos. Juega con él, arriba y abajo, dócil, sin apenas resistencia. Sus dedos se deslizan suavemente hasta tocar la piel.

Aún la siente temblar.
Le cuesta respirar. No encuentra el ritmo. Se para. Empieza otra vez. Eso es. Uno, dos. Ahora mejor.
Nota como su cuerpo se esponja y le resbala por la camiseta, también por la falda a medio caer. Siente una náusea.

Aguanta.
Coge la maquinilla. El zumbido eléctrico de un millón de abejas le arrasa los oídos. Se inclina a un lado. Baja la mirada, al lavabo. Y ve cómo se posan, destrozados, sus retazos, los pétalos ajados de una rosa muerta.
Está delante del espejo, contemplándose, mirándose a los ojos.

No tiembla.

Ya no la tocarán más.

Publicado en cuento, Destacados, máster en escritura creativa | Etiquetado , , , , , , , , | 1 comentario

La Palabra. Por Javier Martínez

Alguien dijo que era un fósil inmenso. Otro, que no podía ser más que los restos de un viejo satélite, o de un aeroplano. Uno que había pasado años en el extranjero dedujo que se trataba de una especie vegetal de la que había oído hablar en sus viajes. Y otro dijo que tal vez fuera una nueva formación geológica. Los más precavidos temían que se tratara de un arma de poder desconocido. Y en las noches, algunos corrían por las calles gritando que estaba vivo, que lo habían visto respirar.

De nada les sirvió buscar en el Gran Libro de la Ciudad —que compendiaba todo el conocimiento acumulado durante siglos— información alguna sobre aquello que les había como caído del cielo. En sus páginas apergaminadas no encontraron su nombre. Y lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en su inmensidad. Ocupaba toda la Plaza Mayor, y su silueta cubría y daba sombra a la noble fachada del Palacio Consistorial.

La ciudad entera vivía inmersa en la anticipación y la duda. Los vecinos alargaban hasta altas horas de la noche sus corrillos en los portales. Los más jóvenes hacían guardias por turnos en las cuatro esquinas de la plaza, atentos a cualquier evolución o amenaza. Los comerciantes que acudían todas las semanas dejaron de hacerlo por miedo. Los vendedores se negaban a ofrecer allí sus mercancías, y el mercado dominical, que se había celebrado siempre al pie del consistorio, quedó suspendido por bando municipal.

Esto hizo que los tenderos vieran cómo sus provisiones desaparecían. Aquellos demasiado pobres como para almacenar provisiones en sus casas comenzaron a padecer la carestía de alimentos. La actividad productiva se redujo hasta la nada, y las autoridades comprendieron que la ciudad carecía de una organización eficiente que les permitiera hacer frente a aquella desconocida amenaza.

En unos pocos días, se organizaron redes para la distribución de alimentos.  Se decretó que aquellos que más tenían, debían alimentar a los que se habían quedado sin nada. Se crearon fondos para asistir a los ancianos y a los más desfavorecidos. Cuando alguien volvía de fuera de la ciudad con dinero en la cartera, lo llevaba a una arqueta común que administraban dos mujeres mayores. De allí, por grupos que se turnaban, tomaban el dinero necesario para comprar provisiones en los pueblos de los alrededores.

En realidad, todo era armonioso y equilibrado en aquella organización de emergencia, pero seguía habiendo el más enconado desencuentro en lo que se refería a la naturaleza de aquella mole. Ninguna teoría ganó consenso.

Un día el alcalde decidió poner fin a esta situación. Todo lo que necesitaban era una palabra nueva. Así habría un acuerdo perfecto sobre cómo llamarlo. Recordaba que su abuelo, también alcalde, le había contado de niño que en las montañas vivía un anciano inventor de palabras. Papiroflexia, órdago, conjuntivitis se contaban entre sus más aplaudidas creaciones. Era razonable pensar que habría muerto, pero el intento merecía la pena, así que se organizó una expedición para buscarlo.

Al cabo de una semana, la expedición volvió, portando en una camilla a un anciano desnudo y esquelético. El anciano se reclinó sobre sus puntiagudos codos y observó en silencio durante unos minutos aquella cosa. Entonces, ante el asombro de todos, pronunció su nombre.

Tras aquel anuncio, la expedición se alejó con el anciano de vuelta a las montañas. Y en la ciudad desapareció la duda. El escriba oficial caligrafió aquel nombre, en letras de oro, tras la última página escrita del Gran Libro de la Ciudad. Todos comenzaron a referirse a aquello por medio de la nueva palabra, como si fuera la más natural de las cosas. Cuando pasaban por su lado, ya ni siquiera alzaban la vista con asombro. Volvieron los comerciantes, y volvió la situación a la más cómoda normalidad. Los corrillos de las puertas desaparecieron y también las guardias nocturnas en la plaza. Volvió el mercado dominical, y volvieron a abrirse las tiendas. Los más necesitados volvieron a estarlo, y los ancianos y enfermos volvieron a estar desatendidos, como, por otro lado, había sido costumbre desde siempre, y el mundo siguió a la orden del día como si nada hubiera sucedido.

Publicado en Destacados, Hotel Kafka, máster en escritura creativa | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Las dos caras de una ciudad

                                                                                               DE FEDERICO NOGALES.

 

Michael me insistió en que le enseñase algo del centro, algo histórico. Me extrañó mucho tanta amabilidad después de mi negativa a su oferta, además siempre había pensado que, debido a su trabajo, sabía más de arte e historia que cualquiera. Pero lo cierto es que me siento más cómodo enseñando la ciudad que mis propios trabajos, así que allí estábamos los dos, en la terraza del Café de Oriente, sentados bajo la inerte estufa que pronto volvería a su hibernación inversa en el almacén, hasta que el frío la trajese de nuevo a la terraza. Escuchábamos a nuestro acordeonista personal tocando y al solista universal ladrando a las flores en el parque de Oriente. Era primavera.

—¿Tienen black tea por favor? —

Sabía de sobra la respuesta.

—Sí, por supuesto, señor. ¿Lo de siempre para usted?

— Sí, por favor, lo de siempre.

Intentaba olvidar su proposición matutina, y por ello, le hablaba de los veinte reyes en piedra blanca que, sobre sus altares vigilan las fronteras de la plaza, cuando por primera vez en todo el día me interrumpió.

— Si las estatuas de los laterales son blancas, ¿Por qué la estatua del medio es negra? ¿Por qué tiene el palacio a la espalda?

Sin querer entrar en su juego, empecé a hablarle con orgullo del bronce italiano con el que estaba esculpida la estatua de Felipe IV, del contraste con la piedra caliza de los reyes godos, del brillo blanco del metal y los poros negros de la roca. De cómo el azul turquesa lo envolvía, y el azul oscuro lo arropaba y, dependiendo de la época, como la paleta de verdes se intercalaba con la multicolor. Podía describir la estatua con los ojos cerrados. Me fascinaba ver como un rey, se atrevió a poner por vez primera, un caballo descerebrado a dos patas. Le dedicaba más tiempo a mirar al rocín que al jinete, y así se lo hice saber a Michael que me contestó que ese era uno de mis problemas y que por favor, le contestase a la segunda pregunta.

Ahora ya no me quedaba más remedio que jugar a su juego.

— La estatua da la espalda a la comodidad del palacio porque está mirando el teatro. Le interesa más el arte que cualquier otra cosa—

Dije sabiendo que él pensaría que se anotaba un tanto, pero antes de que pudiese saborearlo continúe:

-¿Te has fijado que la planta del Teatro Real dibuja un ataúd?

—¿Seguimos con el paseo? 

Respondió mientras cogía un euro del platillo que acababa de dejar el camarero con la vuelta.  Al pasar junto al bajorrelieve de la estatua de Felipe IV miré el rostro saliente de Velázquez, las sombras del atardecer le hacían abandonar la piedra como si quisiese decirme algo al oído. Lo dejamos atrás, junto con el último de los reyes godos y llegamos a la puerta de hierro forjado de los jardines de Sabatini. Le dije a Michael que íbamos al templo de Debod, cuando llegásemos estarían encendidas las luces y podría disfrutar de la vista del Palacio y de la Catedral desde otra perspectiva. Más alejada. Más total.

—¿Alejados? 

Dijo mientras lanzaba su moneda al aire, empujándola con la uña de su pulgar, perfectamente cuidada. La recogió con la otra mano, la miró, volvió a sonreír y comenzó a bajar las escaleras de los jardines sin darme tiempo a decir que podíamos atravesarlos.

Cruzamos tranquilamente la Plaza de España y me detuve delante de la Parroquia de Santa Teresa y San José, a disfrutar de su cúpula multicolor. Sujeté el hombro de Michael para que parara de caminar, y le conté la historia del edificio. Se giró y, una vez más, tiró la moneda al aire. Le veo recogerla,  mirarla, sonreírme de nuevo y seguir andando.

Llegamos por fin al monumento a los caídos en el cuartel de la Montaña, debajo del Templo. Allí estamos los dos, enfrentados a una estatua abstracta que parece mostrar a un hombre caído, atrincherado, rodeado de sacos y más sacos de arena que impiden que el otro bando pueda entrar en sus dominios.

—¿De qué lado de la trinchera está el soldado?

Me pregunta retóricamente, sin sonrisa, sin moneda y sin moverse.

Sin haberme hecho nunca esa pregunta, siempre he sabido qué lado es, pero es hoy cuando tengo que contestar. Dudo durante unos segundos, miro a Michael, sonrío y comienzo a subir las escaleras. Él me sigue sin decir nada hasta que estamos encima de los sacos de arena de la trinchera.

—Y aquí, ¿Qué me vas a decir ahora? —

Pregunta. Anda junto a mi sombra, la pisa.

Yo continuo andando hacia el estanque, hacia mi punto preferido, delante de los pilonos, a la izquierda, sobre la última piedra de la pared frontal que evita que el Nilo fluya por el parque. Una vez sobre mi piedra, me giro y le pido a Michael su euro, me lo da y lo dejo caer con suavidad sobre mi reflejo. En el momento en que la moneda toca el agua, mi reflejo se transforma, onda a onda, en una imagen borrosa e informe. Sin dejar de sonreír miro a Michael y le digo:

–          Cara. Ha salido cara.

Publicado en Destacados, máster en escritura creativa | Etiquetado , , | Deja un comentario

Olímpicamente. Por Luis Miguel Polo

Pena capital por herencia condenada. Fusión de intentos, cajón de contrastes, foro de viajeros que se quedan. Sueños coloniales en cinco ceros miran las hombreras de tres rayas en fondo blanco. Estos vientos del pueblo empujan a Tizona. También a Dulcinea. Sí pasarán.

Retrato de grupo entre majestades gárgolas con la mansión al fondo, retroiluminada y vacía. Retrato de grupo en la esquina sin Garrido ni el ramo de Mateo Morral. Retrato de grupo detrás de un cero. Triste reloj de triste torre de triste edificio, para tañidos de tremolina y algarabía. Cavernícolas convencidos del progreso contradictorio alumbrando anillos infinitos para dedos de metal. Cadenas de cajas rodantes sin pastor desbordan ríos y afluentes. Aceras de la especulación. Agentes de inmovilidad. Buzones desbordados de cartas imperativas sin sello; tasas y sanciones costeando un delirio. Teorías conspiradoras vigilando una vela encendida y un árbol seco. Y ese ruido de fondo intangible, imparable.

Manifestación contrarrevolucionaria contra ley de plazos y contra dos que se besan ante la estatua del ángel caído. Élla monárquica, él republicano y, a pocos metros de Kafka, parejas de pares y nones envueltas en el arco iris. Una mujer, deseable y libre, sostiene una mirada obscena. El último anciano haciendo el último fotograma del último carrete con la última reflex a la última puerta Real del último parque, antes de sus últimas muertes.  Polvo negro recién horneado triplicando por mil la distancia al cielo y el infierno a un salto del Viaducto. Falos insolentes, nietos de Babel. Un rastafari, pedaleando entre hienas, busca decidido el palacio de los Duques de Medinaceli. Y a Colón. Guateque al raso en la pradera, sin canela fina, ni Martin Millers Westbourne. Filas interminables a ninguna parte asegurando que nadie se cuele sin vez. El oso llora ante el madroño baldío, reo de su propia Esperanza. Nos vemos en 2020.

Publicado en Destacados, máster en escritura creativa | Etiquetado , , , , | Deja un comentario