Biblioteca de instantes vividos y por vivir
Me voy a morir. Lo sé. Seguramente no será mañana, ni la semana que viene, ni dentro de un año. Ni de diez, espero. Pero un día moriré, como tú, como todos, como Michael Jackson y la cajera del supermercado del barrio, como Greta Garbo. El mundo seguirá sin ninguno nosotros: la casa que durante 30 años estuve pagando al banco Santander será de mis hijos (si es que llego a tenerlos) y mi coche (si es que alguna vez tuve uno) acabará oxidándose bajo la lluvia de los cirros, de los cúmulos, de los estratos. Acabará oxidándose bajo el sol de un Madrid cada vez más caluroso por el calentamiento global. Será chatarra: polvo, cenizas, como yo. Seré eso y veré mi vida pasar en un minuto. Un túnel blanco y una pantalla de plasma líquido al fondo en la que desfilarán, de forma caótica y desordenada, una recopilación de los instantes vividos. Los grandes momentos de mi vida pasando a 15.300 revoluciones por minuto: la voz cavernosa de Constantino Romero –Luke, soy tu padre– y todo el cine compungido, mientras el caminante del cielo se resiste a pasar al lado oscuro. El primer pecho que vi, tan blanco, tan pálido. El color del Egeo y mi cuerpo boca abajo, con unas gafas de bucear, flotando en el agua, entre peces que aletean a ras de la superficie, ajenos, ellos y yo, al bullicio de la playa. Ornella Mutti y sus películas de dos rombos alquiladas a escondidas en un videoclub de barrio. Un atardecer en el puente de Brooklyn y todo Manhattan a mis pies, iluminándose poco a poco, como un gran árbol de navidad, convirtiéndome en el protagonista de una película de Woody Allen. Mi hermano gemelo delante del espejo haciéndome y deshaciéndome una y otra vez el nudo de la corbata el día de mi boda. El viento acariciándome la cara mientras voy subido en una moto y ese (al frenar) roce de unos pechos erizándome la espalda. El rostro de una desconocida entre la multitud. Una risa contagiosa y un músico callejero interpretando, a cambio de unos céntimos, Let it Be a la salida del metro. La Nochevieja del 2000 a cinco grados bajo cero y el calor que producen dos cuerpos al frotarse (empañan los cristales de un Ford fiesta rojo). Comienza el siglo XXI. El olor de los pinos, una cala desierta de Menorca y una portería de tiza pintada en la pared de un garaje. El filo de la maquinilla que le robé a mi padre deslizándose por la pelusilla de algo parecido a un bigote la primera vez que me afeité. Una carretera perdida y la lluvia inundándonos, el frenazo del bendito SEAT Ibiza que paró a recogernos. El frenético ritmo de dos corazones ante un test de embarazo. Un perro atado a una farola en la puerta de un bar y el deseo irrefrenable de soltarlo, soltarme, soltarnos. La sonrisa de una antigua novia del instituto en la Gare d’Austerliz. -¡Qué casualidad, cuánto tiempo sin vernos! Y pensar que nunca hicimos el amor, aunque los dos nos muriésemos de ganas-. Humphrey Bogart y dos salvoconductos a Lisboa en el bolsillo de una americana. Una frase subrayada en un libro de Kundera. Dos ancianos en un banco que hablan de sexo y un adolescente grabando canciones de la radio en una casete que hoy se muere en una caja de hojalata. Son tantos los momentos vividos que quiero abrazarlos todos, exprimirlos, absorberlos, guardarlos en el cajón de la mesilla, por orden alfabético, escribirlos, camuflarlos en relatos, en poemas, en historias cotidianas que puedan seguir ampliando esta biblioteca infinita de pequeños instantes vividos, y por vivir.



