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><channel><title>metamorfosis</title> <atom:link href="http://revista.metamorfosis.es/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" /><link>http://revista.metamorfosis.es</link> <description>Revista de Hotel Kafka, centro de estudios de arte, música y literatura. Un lugar único donde crear.</description> <lastBuildDate>Fri, 02 Jul 2010 11:14:46 +0000</lastBuildDate> <generator>http://wordpress.org/?v=2.9.2</generator> <language>en</language> <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod> <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency> <item><title>La Palabra.                 Por Javier Martínez</title><link>http://revista.metamorfosis.es/la-palabra-por-javier-martinez/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/la-palabra-por-javier-martinez/#comments</comments> <pubDate>Fri, 02 Jul 2010 11:14:46 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[Hotel Kafka]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[Javier Martínez]]></category> <category><![CDATA[Máster en Escritura]]></category> <category><![CDATA[palabra]]></category> <category><![CDATA[pueblo]]></category><guid
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/> ]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/6a00d8349889d469e20120a8bfaad3970b-800wi.jpg"><img
class="alignright size-medium wp-image-309" title="6a00d8349889d469e20120a8bfaad3970b-800wi" src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/6a00d8349889d469e20120a8bfaad3970b-800wi-300x218.jpg" alt="" width="300" height="218" /></a>Alguien dijo que era un fósil inmenso. Otro, que no podía ser más que los restos de un viejo satélite, o de un aeroplano. Uno que había pasado años en el extranjero dedujo que se trataba de una especie vegetal de la que había oído hablar en sus viajes. Y otro dijo que tal vez fuera una nueva formación geológica. Los más precavidos temían que se tratara de un arma de poder desconocido. Y en las noches, algunos corrían por las calles gritando que estaba vivo, que lo habían visto respirar.</p><p>De nada les sirvió buscar en el Gran Libro de la Ciudad —que compendiaba todo el conocimiento acumulado durante siglos— información alguna sobre aquello que les había como caído del cielo. En sus páginas apergaminadas no encontraron su nombre. Y lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en su inmensidad. Ocupaba toda la Plaza Mayor, y su silueta cubría y daba sombra a la noble fachada del Palacio Consistorial.</p><p>La ciudad entera vivía inmersa en la anticipación y la duda. Los vecinos alargaban hasta altas horas de la noche sus corrillos en los portales. Los más jóvenes hacían guardias por turnos en las cuatro esquinas de la plaza, atentos a cualquier evolución o amenaza. Los comerciantes que acudían todas las semanas dejaron de hacerlo por miedo. Los vendedores se negaban a ofrecer allí sus mercancías, y el mercado dominical, que se había celebrado siempre al pie del consistorio, quedó suspendido por bando municipal.</p><p>Esto hizo que los tenderos vieran cómo sus provisiones desaparecían. Aquellos demasiado pobres como para almacenar provisiones en sus casas comenzaron a padecer la carestía de alimentos. La actividad productiva se redujo hasta la nada, y las autoridades comprendieron que la ciudad carecía de una organización eficiente que les permitiera hacer frente a aquella desconocida amenaza.</p><p>En unos pocos días, se organizaron redes para la distribución de alimentos.  Se decretó que aquellos que más tenían, debían alimentar a los que se habían quedado sin nada. Se crearon fondos para asistir a los ancianos y a los más desfavorecidos. Cuando alguien volvía de fuera de la ciudad con dinero en la cartera, lo llevaba a una arqueta común que administraban dos mujeres mayores. De allí, por grupos que se turnaban, tomaban el dinero necesario para comprar provisiones en los pueblos de los alrededores.</p><p>En realidad, todo era armonioso y equilibrado en aquella organización de emergencia, pero seguía habiendo el más enconado desencuentro en lo que se refería a la naturaleza de aquella mole. Ninguna teoría ganó consenso.</p><p>Un día el alcalde decidió poner fin a esta situación. Todo lo que necesitaban era una palabra nueva. Así habría un acuerdo perfecto sobre cómo llamarlo. Recordaba que su abuelo, también alcalde, le había contado de niño que en las montañas vivía un anciano inventor de palabras. <em>Papiroflexia, órdago, conjuntivitis </em>se contaban entre sus más aplaudidas creaciones. Era razonable pensar que habría muerto, pero el intento merecía la pena, así que se organizó una expedición para buscarlo.</p><p>Al cabo de una semana, la expedición volvió, portando en una camilla a un anciano desnudo y esquelético. El anciano se reclinó sobre sus puntiagudos codos y observó en silencio durante unos minutos aquella cosa. Entonces, ante el asombro de todos, pronunció su nombre.</p><p>Tras aquel anuncio, la expedición se alejó con el anciano de vuelta a las montañas. Y en la ciudad desapareció la duda. El escriba oficial caligrafió aquel nombre, en letras de oro, tras la última página escrita del <em>Gran Libro de la Ciudad</em>. Todos comenzaron a referirse a aquello por medio de la nueva palabra, como si fuera la más natural de las cosas. Cuando pasaban por su lado, ya ni siquiera alzaban la vista con asombro. Volvieron los comerciantes, y volvió la situación a la más cómoda normalidad. Los corrillos de las puertas desaparecieron y también las guardias nocturnas en la plaza. Volvió el mercado dominical, y volvieron a abrirse las tiendas. Los más necesitados volvieron a estarlo, y los ancianos y enfermos volvieron a estar desatendidos, como, por otro lado, había sido costumbre desde siempre, y el mundo siguió a la orden del día como si nada hubiera sucedido.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/la-palabra-por-javier-martinez/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Las dos caras de una ciudad</title><link>http://revista.metamorfosis.es/las-dos-caras-de-una-ciudad/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/las-dos-caras-de-una-ciudad/#comments</comments> <pubDate>Tue, 22 Jun 2010 17:34:57 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[Federico Nogales]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa Hotel Kafka]]></category> <category><![CDATA[monedas]]></category><guid
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/> ]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/lg_Moneda_al_aire1.jpg"><img
class="alignleft size-medium wp-image-299" title="lg_Moneda_al_aire" src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/lg_Moneda_al_aire1-230x300.jpg" alt="" width="206" height="289" /></a>                                                                                               <strong>DE FEDERICO NOGALES.</strong></p><p><strong> </strong></p><p>Michael me insistió en que le enseñase algo del centro, algo histórico. Me extrañó mucho tanta amabilidad después de mi negativa a su oferta, además siempre había pensado que, debido a su trabajo, sabía más de arte e historia que cualquiera. Pero lo cierto es que me siento más cómodo enseñando la ciudad que mis propios trabajos, así que allí estábamos los dos, en la terraza del Café de Oriente, sentados bajo la inerte estufa que pronto volvería a su hibernación inversa en el almacén, hasta que el frío la trajese de nuevo a la terraza. Escuchábamos a nuestro acordeonista personal tocando y al solista universal ladrando a las flores en el parque de Oriente. Era primavera.</p><p>—¿Tienen <em>black tea</em> por favor? —</p><p>Sabía de sobra la respuesta.</p><p>—Sí, por supuesto, señor. ¿Lo de siempre para usted?</p><p>— Sí, por favor, lo de siempre.</p><p>Intentaba olvidar su proposición matutina, y por ello, le hablaba de los veinte reyes en piedra blanca que, sobre sus altares vigilan las fronteras de la plaza, cuando por primera vez en todo el día me interrumpió.</p><p>— Si las estatuas de los laterales son blancas, ¿Por qué la estatua del medio es negra? ¿Por qué tiene el palacio a la espalda?</p><p>Sin querer entrar en su juego, empecé a hablarle con orgullo del bronce italiano con el que estaba esculpida la estatua de Felipe IV, del contraste con la piedra caliza de los reyes godos, del brillo blanco del metal y los poros negros de la roca. De cómo el azul turquesa lo envolvía, y el azul oscuro lo arropaba y, dependiendo de la época, como la paleta de verdes se intercalaba con la multicolor. Podía describir la estatua con los ojos cerrados. Me fascinaba ver como un rey, se atrevió a poner por vez primera, un caballo descerebrado a dos patas. Le dedicaba más tiempo a mirar al rocín que al jinete, y así se lo hice saber a Michael que me contestó que ese era uno de mis problemas y que por favor, le contestase a la segunda pregunta.</p><p>Ahora ya no me quedaba más remedio que jugar a su juego.</p><p>— La estatua da la espalda a la comodidad del palacio porque está mirando el teatro. Le interesa más el arte que cualquier otra cosa—</p><p>Dije sabiendo que él pensaría que se anotaba un tanto, pero antes de que pudiese saborearlo continúe:</p><p>-¿Te has fijado que la planta del Teatro Real dibuja un ataúd?</p><p>—¿Seguimos con el paseo? </p><p>Respondió mientras cogía un euro del platillo que acababa de dejar el camarero con la vuelta.  Al pasar junto al bajorrelieve de la estatua de Felipe IV miré el rostro saliente de Velázquez, las sombras del atardecer le hacían abandonar la piedra como si quisiese decirme algo al oído. Lo dejamos atrás, junto con el último de los reyes godos y llegamos a la puerta de hierro forjado de los jardines de Sabatini. Le dije a Michael que íbamos al templo de Debod, cuando llegásemos estarían encendidas las luces y podría disfrutar de la vista del Palacio y de la Catedral desde otra perspectiva. Más alejada. Más total.</p><p>—¿Alejados? </p><p>Dijo mientras lanzaba su moneda al aire, empujándola con la uña de su pulgar, perfectamente cuidada. La recogió con la otra mano, la miró, volvió a sonreír y comenzó a bajar las escaleras de los jardines sin darme tiempo a decir que podíamos atravesarlos.</p><p>Cruzamos tranquilamente la Plaza de España y me detuve delante de la Parroquia de Santa Teresa y San José, a disfrutar de su cúpula multicolor. Sujeté el hombro de Michael para que parara de caminar, y le conté la historia del edificio. Se giró y, una vez más, tiró la moneda al aire. Le veo recogerla,  mirarla, sonreírme de nuevo y seguir andando.</p><p>Llegamos por fin al monumento a los caídos en el cuartel de la Montaña, debajo del Templo. Allí estamos los dos, enfrentados a una estatua abstracta que parece mostrar a un hombre caído, atrincherado, rodeado de sacos y más sacos de arena que impiden que el otro bando pueda entrar en sus dominios.</p><p>—¿De qué lado de la trinchera está el soldado?</p><p>Me pregunta retóricamente, sin sonrisa, sin moneda y sin moverse.</p><p>Sin haberme hecho nunca esa pregunta, siempre he sabido qué lado es, pero es hoy cuando tengo que contestar. Dudo durante unos segundos, miro a Michael, sonrío y comienzo a subir las escaleras. Él me sigue sin decir nada hasta que estamos encima de los sacos de arena de la trinchera.</p><p>—Y aquí, ¿Qué me vas a decir ahora? —</p><p>Pregunta. Anda junto a mi sombra, la pisa.</p><p>Yo continuo andando hacia el estanque, hacia mi punto preferido, delante de los pilonos, a la izquierda, sobre la última piedra de la pared frontal que evita que el Nilo fluya por el parque. Una vez sobre mi piedra, me giro y le pido a Michael su euro, me lo da y lo dejo caer con suavidad sobre mi reflejo. En el momento en que la moneda toca el agua, mi reflejo se transforma, onda a onda, en una imagen borrosa e informe. Sin dejar de sonreír miro a Michael y le digo:</p><p>-          Cara. Ha salido cara.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/las-dos-caras-de-una-ciudad/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Olímpicamente.         Por Luis Miguel Polo</title><link>http://revista.metamorfosis.es/olimpicamente-por-luis-miguel-polo/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/olimpicamente-por-luis-miguel-polo/#comments</comments> <pubDate>Tue, 22 Jun 2010 17:19:46 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[ciudades]]></category> <category><![CDATA[Hotel Kafka]]></category> <category><![CDATA[Luis Miguel Polo]]></category> <category><![CDATA[poemas]]></category> <category><![CDATA[prosa]]></category><guid
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href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/4DPict1.jpg"><img
class="alignright size-medium wp-image-295" title="4DPict" src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/4DPict1-273x300.jpg" alt="" width="273" height="300" /></a></p><p>Pena capital por herencia condenada. Fusión de intentos, cajón de contrastes, foro de viajeros que se quedan. Sueños coloniales en cinco ceros miran las hombreras de tres rayas en fondo blanco. Estos vientos del pueblo empujan a Tizona. También a Dulcinea. Sí pasarán.</p><p>Retrato de grupo entre majestades gárgolas con la mansión al fondo, retroiluminada y vacía. Retrato de grupo en la esquina sin Garrido ni el ramo de Mateo Morral. Retrato de grupo detrás de un cero. Triste reloj de triste torre de triste edificio, para tañidos de tremolina y algarabía. Cavernícolas convencidos del progreso contradictorio alumbrando anillos infinitos para dedos de metal. Cadenas de cajas rodantes sin pastor desbordan ríos y afluentes. Aceras de la especulación. Agentes de inmovilidad. Buzones desbordados de cartas imperativas sin sello; tasas y sanciones costeando un delirio. Teorías conspiradoras vigilando una vela encendida y un árbol seco. Y ese ruido de fondo intangible, imparable.</p><p>Manifestación contrarrevolucionaria contra ley de plazos y contra dos que se besan ante la estatua del ángel caído. Élla monárquica, él republicano y, a pocos metros de Kafka, parejas de pares y nones envueltas en el arco iris. Una mujer, deseable y libre, sostiene una mirada obscena. El último anciano haciendo el último fotograma del último carrete con la última reflex a la última puerta Real del último parque, antes de sus últimas muertes.  Polvo negro recién horneado triplicando por mil la distancia al cielo y el infierno a un salto del Viaducto. Falos insolentes, nietos de Babel. Un rastafari, pedaleando entre hienas, busca decidido el palacio de los Duques de Medinaceli. Y a Colón. Guateque al raso en la pradera, sin canela fina, ni Martin Millers Westbourne. Filas interminables a ninguna parte asegurando que nadie se cuele sin vez. El oso llora ante el madroño baldío, reo de su propia Esperanza. Nos vemos en 2020.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/olimpicamente-por-luis-miguel-polo/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Biblioteca de instantes vividos, y por vivir.</title><link>http://revista.metamorfosis.es/biblioteca-de-instantes-vividos-y-por-vivir/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/biblioteca-de-instantes-vividos-y-por-vivir/#comments</comments> <pubDate>Tue, 18 May 2010 19:00:33 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[Biblioteca]]></category> <category><![CDATA[Ernesto Ortega]]></category> <category><![CDATA[Hotel Kafka]]></category> <category><![CDATA[instantes]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa Hotel Kafka]]></category><guid
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/> ]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p> Por Ernesto Ortega<a
href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/instante.jpg"><img
src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/instante-300x225.jpg" alt="" title="instante" width="300" height="225" class="alignleft size-medium wp-image-261" /></a></p><p><em>Biblioteca de instantes vividos y por vivir</em></p><p>Me voy a morir. Lo sé. Seguramente no será mañana, ni la semana que viene, ni dentro de un año. Ni de diez, espero. Pero un día moriré, como tú, como todos, como Michael Jackson y la cajera del supermercado del barrio, como Greta Garbo. El mundo seguirá sin ninguno nosotros: la casa que durante 30 años estuve pagando al banco Santander será de mis hijos (si es que llego a tenerlos) y mi coche (si es que alguna vez tuve uno) acabará oxidándose bajo la lluvia de los cirros, de los cúmulos, de los estratos. Acabará oxidándose bajo el sol de un Madrid cada vez más caluroso por el calentamiento global. Será chatarra: polvo, cenizas, como yo. Seré eso y veré mi vida pasar en un minuto. Un túnel blanco y una pantalla de plasma líquido al fondo en la que desfilarán, de forma caótica y desordenada, una recopilación de los instantes vividos. Los grandes momentos de mi vida pasando a 15.300 revoluciones por minuto: la voz cavernosa de Constantino Romero –Luke, soy tu padre– y todo el cine compungido, mientras el caminante del cielo se resiste a pasar al lado oscuro. El primer pecho que vi, tan blanco, tan pálido. El color del Egeo y mi cuerpo boca abajo, con unas gafas de bucear, flotando en el agua, entre peces que aletean a ras de la superficie, ajenos, ellos y yo, al bullicio de la playa. Ornella Mutti y sus películas de dos rombos alquiladas a escondidas en un videoclub de barrio. Un atardecer en el puente de Brooklyn y todo Manhattan a mis pies, iluminándose poco a poco, como un gran árbol de navidad, convirtiéndome en el protagonista de una película de  Woody Allen. Mi hermano gemelo delante del espejo haciéndome y deshaciéndome una y otra vez el nudo de la corbata el día de mi boda. El viento acariciándome la cara mientras voy subido en una moto y ese (al frenar) roce de unos pechos erizándome la espalda. El rostro de una desconocida entre la multitud. Una risa contagiosa y un músico callejero interpretando, a cambio de unos céntimos, Let it Be a la salida del metro. La Nochevieja del 2000 a cinco grados bajo cero y el calor que producen dos cuerpos al frotarse (empañan los cristales de un Ford fiesta rojo). Comienza el siglo XXI. El olor de los pinos, una cala desierta de Menorca y una portería de tiza pintada en la pared de un garaje. El filo de la maquinilla que le robé a mi padre deslizándose por la pelusilla de algo parecido a un bigote la primera vez que me afeité. Una carretera perdida y la lluvia inundándonos, el frenazo del bendito SEAT Ibiza que paró a recogernos. El frenético ritmo de dos corazones ante un test de embarazo.  Un perro atado a una farola en la puerta de un bar y el deseo irrefrenable de soltarlo, soltarme, soltarnos. La sonrisa de una antigua novia del instituto en la Gare d’Austerliz. -¡Qué casualidad, cuánto tiempo sin vernos! Y pensar que nunca hicimos el amor, aunque los dos nos muriésemos de ganas-. Humphrey Bogart y dos salvoconductos a Lisboa en el bolsillo de una americana. Una frase subrayada en un libro de Kundera. Dos ancianos en un banco que hablan de sexo y un adolescente grabando canciones de la radio en una casete que hoy se muere en una caja de hojalata. Son tantos los momentos vividos que quiero abrazarlos todos, exprimirlos, absorberlos, guardarlos en el cajón de la mesilla, por orden alfabético, escribirlos, camuflarlos en relatos, en poemas, en historias cotidianas que puedan seguir ampliando esta biblioteca infinita de pequeños instantes vividos, y por vivir.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/biblioteca-de-instantes-vividos-y-por-vivir/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Gitana en Beverly Hills.      Por Tomas Hidalgo</title><link>http://revista.metamorfosis.es/gitana-en-beverly-hills-por-tomas-hidalgo/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/gitana-en-beverly-hills-por-tomas-hidalgo/#comments</comments> <pubDate>Wed, 05 May 2010 17:21:29 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[Hotel Kafka. Gitana]]></category> <category><![CDATA[Tomás Hidalgo]]></category><guid
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/> ]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/pañuelo1.jpg"><img
src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/pañuelo1-300x281.jpg" alt="" title="pañuelo" width="300" height="281" class="alignleft size-medium wp-image-257" /></a>Tres semanas antes de la fecha tuve un accidente practicando equitación en el club de polo de mi universidad. Una cuestión leve en apariencia, y en absoluto incómoda o dolorosa, pero un contratiempo importante de cara a mi cercano enlace, con todo: me había roto el himen.<br
/> Llamé algo nerviosa a mi madre, tratando de detallarle el percance mientras llevaba a Wood a los establos. Volví a intentarlo mientras salía de los vestuarios. No contestó tampoco esta segunda vez, así que dejé un mensaje. Preferí no llamar por el momento a Tano -mi prometido y bailaor flamenco-, de gira por la Costa Este con su último espectáculo, Adiós a las armas, adaptación flamenca del clásico de Hemingway. Volví a mi apartamento, en el propio campus de UCLA, leí un rato El gatopardo, de Lampedusa. Leí: “Cambiémoslo absolutamente todo para dejar las cosas como estaban” y después me puse a tejer unos patucos a fin de calmarme un poco.<br
/> Me disponía a comprar lana en un centro comercial cuando sonó el móvil. Era mi madre. Le expliqué todo, y convinimos en buscar un buen cirujano y no contarle nada a mi chico.<br
/> Él me llamó esa misma noche. Se disculpó por retrasar su vuelta: vendría el sábado. Ampliación de su gira en la Costa Este: tres actuaciones adicionales en Nueva York.<br
/> El viernes acudimos a la cita informativa en una clínica céntrica –recomendada por el equipo médico que se ocupó de mi blanqueamiento facial-, y reservamos quirófano para ese mismo sábado por la mañana. Se trataba de una operación de reconstrucción sencilla y rápida, apenas tres cuartos de hora, realizada con anestesia local y sin contraindicaciones ni tratamiento posterior necesario. Así nos lo aseguró el doctor Wilkins –promesa también en sus ojos, bellos, picasianos, celestes-, y efectivamente tal fue.<br
/> Mi madre y yo decidimos tomar algo juntas en una cafetería del Downtown a la salida.<br
/> -Asunto zanjado –respiró aliviada mi madre.<br
/> Comí en casa con mis padres y mi hermana mayor. Ésta estaba muy centrada en su último proyecto: rehabilitación integral de interiores en algunos edificios antiguos del obsoleto casco histórico de la ciudad para oficinas del sector punto com. Mi padre bendijo la mesa segundos antes de un sonoro Cagondiós al quemarse la lengua con la primera cucharada de sopa. Me llamó Tano: cambio de planes sobre la marcha. Finalmente ampliaría dos días más su gira –Washington-, y no regresaría hasta el lunes. Mi hermano y su mujer vinieron a eso de las cinco con mi sobrina. Les regalé los patucos para su hija.<br
/> De camino al campus, recibí la llamada de Eudora y quedamos para ir al cine junto con otra amiga de la facultad. No les conté nada de lo sucedido. Tras los títulos de crédito decidimos ir a tomar unos gin tonics al Studio 54.<br
/> El resto, tal como lo recuerdo: me encontré de camino a la pista a Wilkins, llamó Tano, apagué el móvil, me despedí de mis amigas. Lloré un poco tontamente y ya en su coche, el doctor se interesó por mi postoperatorio.<br
/> Horas después desayunamos café de puchero y él me volvió a operar el lunes, esta vez a coste cero.<br
/> - Flat fee –dijo para ser más exactos.<br
/> Por la tarde, salí de clase con el tiempo justo para ir a recoger a Tano. A punto de arrancar, sonó el móvil: no vayas al aeropuerto, se pospone de nuevo la vuelta, Philadelphia, tres días. Giro en U y llamada a Wilkins:<br
/> - No te preocupes. El miércoles creo que también puedo pasar por tu consulta –le contesté.<br
/> En realidad pude el miércoles, sí. Y de nuevo el viernes, en que el doctor Wilkins me volvió a coser –Flat fee- tras enésimo aplazamiento de la gira: un nuevo espónsor les había contratado para actuar en Atlanta, en fechas aún por confirmar.<br
/> Durante ese fin de semana traté de ponerme al día con mis estudios. Hablé varias veces con mi prometido, quien me dio frases indecisas y vacilantes por toda respuesta. Traté de sonsacarle una fecha concreta de regreso recurriendo incluso a la ironía, pero Tano respondió que –creía que- no tenían actuaciones contratadas en ninguna ciudad llamada Ítaca.<br
/> Me volví a operar más veces la semana siguiente, y a la siguiente de ésta, en que supe que se pospondría nuestra boda sine die. Perdí la cuenta del total de veces que pasé por quirófano y, nadie diría, viéndome en la foto, que soy una gitana tomando el sol en un amanecer de Beverly Hills que se ha casado unas pocas horas antes y que ha pasado con nota la prueba del pañuelo.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/gitana-en-beverly-hills-por-tomas-hidalgo/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Un paseo por el Sena      Por Virginia Gil</title><link>http://revista.metamorfosis.es/un-paseo-por-el-sena-por-virginia-gil/</link> <comments>http://revista.metamorfosis.es/un-paseo-por-el-sena-por-virginia-gil/#comments</comments> <pubDate>Mon, 05 Apr 2010 15:50:49 +0000</pubDate> <dc:creator>hotelkafka</dc:creator> <category><![CDATA[Destacados]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa]]></category> <category><![CDATA[máster en escritura creativa Hotel Kafka]]></category> <category><![CDATA[Virginia Gil]]></category><guid
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/> ]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
href="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/sena.jpg"><img
class="alignleft size-medium wp-image-244" title="sena" src="http://revista.metamorfosis.es/wp-content/uploads/sena-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>Cada mes tengo cita con el dentista. El doctor Costa es un gran profesional y  una persona agradable. Todos mis estomatólogos anteriores habían sido siempre más mayores, pero el Dr. Costa es joven, alto, bronceado, tiene una dentadura perfecta y unos ojos color cielo despejado.</p><p>El Dr. Costa ha trabajado en profundidad mi boca, me ha sacado muelas del juicio, empastado caries,  puesto braquets, colocado hierros, serrado piezas y hecho limpiezas.</p><p>Cada vez que voy a verle, París, que así de curioso es el nombre de pila de mi dentista, hace que me siente en su sillón, me inclina suavemente la cabeza y entonces coloca el foco sobre mi antiestética boca. Aunque intento ir a la consulta con un maquillaje perfecto y el mejor sujetador bajo el escote, me imagino pues, su perspectiva; todo ese haz de luz enfocando las papilas gustativas de mi lengua, los restos de sarro entre mis dientes, los poros negros de mi cara, los pelos de mi bigote y hasta los mocos pegados al fondo de mi nariz. Me sonrojo sólo de pensarlo.</p><p>Al término de la sesión, me acaricia la mejilla mientras me pregunta  con su dulce acento argentino:</p><p>-          ¿Qué tal?</p><p>-          Bien – le contesto, aún un poco aturdida.</p><p>Un paseo por el Sena siempre es reconfortante.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://revista.metamorfosis.es/un-paseo-por-el-sena-por-virginia-gil/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>3</slash:comments> </item> </channel> </rss>
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