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Tres semanas antes de la fecha tuve un accidente practicando equitación en el club de polo de mi universidad. Una cuestión leve en apariencia, y en absoluto incómoda o dolorosa, pero un contratiempo importante de cara a mi cercano enlace, con todo: me había roto el himen.
Llamé algo nerviosa a mi madre, tratando de detallarle el percance mientras llevaba a Wood a los establos. Volví a intentarlo mientras salía de los vestuarios. No contestó tampoco esta segunda vez, así que dejé un mensaje. Preferí no llamar por el momento a Tano -mi prometido y bailaor flamenco-, de gira por la Costa Este con su último espectáculo, Adiós a las armas, adaptación flamenca del clásico de Hemingway. Volví a mi apartamento, en el propio campus de UCLA, leí un rato El gatopardo, de Lampedusa. Leí: “Cambiémoslo absolutamente todo para dejar las cosas como estaban” y después me puse a tejer unos patucos a fin de calmarme un poco.
Me disponía a comprar lana en un centro comercial cuando sonó el móvil. Era mi madre. Le expliqué todo, y convinimos en buscar un buen cirujano y no contarle nada a mi chico.
Él me llamó esa misma noche. Se disculpó por retrasar su vuelta: vendría el sábado. Ampliación de su gira en la Costa Este: tres actuaciones adicionales en Nueva York.
El viernes acudimos a la cita informativa en una clínica céntrica –recomendada por el equipo médico que se ocupó de mi blanqueamiento facial-, y reservamos quirófano para ese mismo sábado por la mañana. Se trataba de una operación de reconstrucción sencilla y rápida, apenas tres cuartos de hora, realizada con anestesia local y sin contraindicaciones ni tratamiento posterior necesario. Así nos lo aseguró el doctor Wilkins –promesa también en sus ojos, bellos, picasianos, celestes-, y efectivamente tal fue.
Mi madre y yo decidimos tomar algo juntas en una cafetería del Downtown a la salida.
-Asunto zanjado –respiró aliviada mi madre.
Comí en casa con mis padres y mi hermana mayor. Ésta estaba muy centrada en su último proyecto: rehabilitación integral de interiores en algunos edificios antiguos del obsoleto casco histórico de la ciudad para oficinas del sector punto com. Mi padre bendijo la mesa segundos antes de un sonoro Cagondiós al quemarse la lengua con la primera cucharada de sopa. Me llamó Tano: cambio de planes sobre la marcha. Finalmente ampliaría dos días más su gira –Washington-, y no regresaría hasta el lunes. Mi hermano y su mujer vinieron a eso de las cinco con mi sobrina. Les regalé los patucos para su hija.
De camino al campus, recibí la llamada de Eudora y quedamos para ir al cine junto con otra amiga de la facultad. No les conté nada de lo sucedido. Tras los títulos de crédito decidimos ir a tomar unos gin tonics al Studio 54.
El resto, tal como lo recuerdo: me encontré de camino a la pista a Wilkins, llamó Tano, apagué el móvil, me despedí de mis amigas. Lloré un poco tontamente y ya en su coche, el doctor se interesó por mi postoperatorio.
Horas después desayunamos café de puchero y él me volvió a operar el lunes, esta vez a coste cero.
- Flat fee –dijo para ser más exactos.
Por la tarde, salí de clase con el tiempo justo para ir a recoger a Tano. A punto de arrancar, sonó el móvil: no vayas al aeropuerto, se pospone de nuevo la vuelta, Philadelphia, tres días. Giro en U y llamada a Wilkins:
- No te preocupes. El miércoles creo que también puedo pasar por tu consulta –le contesté.
En realidad pude el miércoles, sí. Y de nuevo el viernes, en que el doctor Wilkins me volvió a coser –Flat fee- tras enésimo aplazamiento de la gira: un nuevo espónsor les había contratado para actuar en Atlanta, en fechas aún por confirmar.
Durante ese fin de semana traté de ponerme al día con mis estudios. Hablé varias veces con mi prometido, quien me dio frases indecisas y vacilantes por toda respuesta. Traté de sonsacarle una fecha concreta de regreso recurriendo incluso a la ironía, pero Tano respondió que –creía que- no tenían actuaciones contratadas en ninguna ciudad llamada Ítaca.
Me volví a operar más veces la semana siguiente, y a la siguiente de ésta, en que supe que se pospondría nuestra boda sine die. Perdí la cuenta del total de veces que pasé por quirófano y, nadie diría, viéndome en la foto, que soy una gitana tomando el sol en un amanecer de Beverly Hills que se ha casado unas pocas horas antes y que ha pasado con nota la prueba del pañuelo.

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Gitana en Beverly Hills. Por Tomas Hidalgo, 4.0 out of 5 based on 1 rating