Alguien dijo que era un fósil inmenso. Otro, que no podía ser más que los restos de un viejo satélite, o de un aeroplano. Uno que había pasado años en el extranjero dedujo que se trataba de una especie vegetal de la que había oído hablar en sus viajes. Y otro dijo que tal vez fuera una nueva formación geológica. Los más precavidos temían que se tratara de un arma de poder desconocido. Y en las noches, algunos corrían por las calles gritando que estaba vivo, que lo habían visto respirar.
De nada les sirvió buscar en el Gran Libro de la Ciudad —que compendiaba todo el conocimiento acumulado durante siglos— información alguna sobre aquello que les había como caído del cielo. En sus páginas apergaminadas no encontraron su nombre. Y lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en su inmensidad. Ocupaba toda la Plaza Mayor, y su silueta cubría y daba sombra a la noble fachada del Palacio Consistorial.
La ciudad entera vivía inmersa en la anticipación y la duda. Los vecinos alargaban hasta altas horas de la noche sus corrillos en los portales. Los más jóvenes hacían guardias por turnos en las cuatro esquinas de la plaza, atentos a cualquier evolución o amenaza. Los comerciantes que acudían todas las semanas dejaron de hacerlo por miedo. Los vendedores se negaban a ofrecer allí sus mercancías, y el mercado dominical, que se había celebrado siempre al pie del consistorio, quedó suspendido por bando municipal.
Esto hizo que los tenderos vieran cómo sus provisiones desaparecían. Aquellos demasiado pobres como para almacenar provisiones en sus casas comenzaron a padecer la carestía de alimentos. La actividad productiva se redujo hasta la nada, y las autoridades comprendieron que la ciudad carecía de una organización eficiente que les permitiera hacer frente a aquella desconocida amenaza.
En unos pocos días, se organizaron redes para la distribución de alimentos. Se decretó que aquellos que más tenían, debían alimentar a los que se habían quedado sin nada. Se crearon fondos para asistir a los ancianos y a los más desfavorecidos. Cuando alguien volvía de fuera de la ciudad con dinero en la cartera, lo llevaba a una arqueta común que administraban dos mujeres mayores. De allí, por grupos que se turnaban, tomaban el dinero necesario para comprar provisiones en los pueblos de los alrededores.
En realidad, todo era armonioso y equilibrado en aquella organización de emergencia, pero seguía habiendo el más enconado desencuentro en lo que se refería a la naturaleza de aquella mole. Ninguna teoría ganó consenso.
Un día el alcalde decidió poner fin a esta situación. Todo lo que necesitaban era una palabra nueva. Así habría un acuerdo perfecto sobre cómo llamarlo. Recordaba que su abuelo, también alcalde, le había contado de niño que en las montañas vivía un anciano inventor de palabras. Papiroflexia, órdago, conjuntivitis se contaban entre sus más aplaudidas creaciones. Era razonable pensar que habría muerto, pero el intento merecía la pena, así que se organizó una expedición para buscarlo.
Al cabo de una semana, la expedición volvió, portando en una camilla a un anciano desnudo y esquelético. El anciano se reclinó sobre sus puntiagudos codos y observó en silencio durante unos minutos aquella cosa. Entonces, ante el asombro de todos, pronunció su nombre.
Tras aquel anuncio, la expedición se alejó con el anciano de vuelta a las montañas. Y en la ciudad desapareció la duda. El escriba oficial caligrafió aquel nombre, en letras de oro, tras la última página escrita del Gran Libro de la Ciudad. Todos comenzaron a referirse a aquello por medio de la nueva palabra, como si fuera la más natural de las cosas. Cuando pasaban por su lado, ya ni siquiera alzaban la vista con asombro. Volvieron los comerciantes, y volvió la situación a la más cómoda normalidad. Los corrillos de las puertas desaparecieron y también las guardias nocturnas en la plaza. Volvió el mercado dominical, y volvieron a abrirse las tiendas. Los más necesitados volvieron a estarlo, y los ancianos y enfermos volvieron a estar desatendidos, como, por otro lado, había sido costumbre desde siempre, y el mundo siguió a la orden del día como si nada hubiera sucedido.


