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Cada mes tengo cita con el dentista. El doctor Costa es un gran profesional y  una persona agradable. Todos mis estomatólogos anteriores habían sido siempre más mayores, pero el Dr. Costa es joven, alto, bronceado, tiene una dentadura perfecta y unos ojos color cielo despejado.

El Dr. Costa ha trabajado en profundidad mi boca, me ha sacado muelas del juicio, empastado caries,  puesto braquets, colocado hierros, serrado piezas y hecho limpiezas.

Cada vez que voy a verle, París, que así de curioso es el nombre de pila de mi dentista, hace que me siente en su sillón, me inclina suavemente la cabeza y entonces coloca el foco sobre mi antiestética boca. Aunque intento ir a la consulta con un maquillaje perfecto y el mejor sujetador bajo el escote, me imagino pues, su perspectiva; todo ese haz de luz enfocando las papilas gustativas de mi lengua, los restos de sarro entre mis dientes, los poros negros de mi cara, los pelos de mi bigote y hasta los mocos pegados al fondo de mi nariz. Me sonrojo sólo de pensarlo.

Al término de la sesión, me acaricia la mejilla mientras me pregunta  con su dulce acento argentino:

-          ¿Qué tal?

-          Bien – le contesto, aún un poco aturdida.

Un paseo por el Sena siempre es reconfortante.

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Un paseo por el Sena Por Virginia Gil, 3.0 out of 5 based on 2 ratings